Todos los años me hago solemnemente, al menos una vez, el propósito de
ser un guerrero espiritual, y al hilo de esta intención quisiera
compartir estas líneas contigo.
¿Quién es un guerrero? Quien hace de
la vida una búsqueda, quien trata de sacarle sentido a cada momento,
quien valora la sabiduría y la compasión, quien aprende a manejarse
vital y existencialmente, es todo sagacidad y está libre de violencia.
Es un guerrero el que entona el ánimo, no desfallece, saca inspiración
de la tristeza, valora lo positivo y no se pierde en lo negativo.
Es
recio y recto; procura ser ético y ecuánime, intenta no caer en sus
propias trampas, convierte la vida en la gran maestra, trata de liberar
la mente de engaños y autoengaños, pretextos falaces y componendas.
Además, valora la inteligencia clara y la ternura expansiva, está
siempre en el intento de autodesarrollarse para beneficio propio y de
los demás, vive sin odio entre los que odian, con alegría entre los
abatidos, con confianza entre los desconfiados, con júbilo entre los
desolados, con ánimo entre los desanimados y con desapego entre los
codiciosos.
La guerrería espiritual es una actitud, un aroma, una
presencia. Puede ser un guerrero el estudiante, el ama de casa, el
hombre de negocios, el campesino o cualquier persona que procure un
significado de crecimiento interior a su vida, que asocie el desarrollo
externo con el interno, que esté en el intento y en el empeño de
abrillantar la consciencia, de pulir la inteligencia primordial y
desenvolver el amor y la compasión.
El guerrero es cuidadoso consigo
mismo y con los demás, evita el daño, promueve el bienestar, desarrolla
un sentimiento de unidad. Es un verdadero guerrero espiritual aquél que
aprende a relacionarse consigo mismo, mejora la relación con otras
criaturas sintientes, desarrolla sus potenciales anímicos, procura un
sentido de integración y mejoramiento a la existencia, promueve las
energías constructivas y de crecimiento, instrumentaliza la vida
-incluso en las circunstancias adversas- para completar su evolución
interior.
Sabe vivir a cada instante con consciencia lúcida y ecuánime… o
por lo menos no ceja en su intento de conseguirlo.
Es un guerrero
espiritual el que emprende la conquista de sí mismo. Para ello no se
aísla, prosigue con su vida cotidiana, aunque en una dimensión de
consciencia y percepción diferente a los que no están en la senda de la
búsqueda; vive instalado en el equilibrio, no dejándose perturbar en
exceso por la ganancia o la derrota, el encuentro o el desencuentro, el
elogio o el insulto.
No hay mayor conquista que la de uno mismo; no hay
mayor conocimiento que el conocimiento interior; no hay mayor alegría
que la que brota de la fuente interna de serenidad y no depende
exclusivamente de los eventos del exterior. Aprende el guerrero
espiritual a no lamentarse ni autocompadecerse.
No se complace en la
duda por la duda, investiga, aprende, titubea, pero no es la suya la
incertidumbre escéptica, estéril y desertizante. Apela a la inteligencia
humana y desarrolla la comprensión clara, aunque sabe que muchos seres
humanos ni siquiera entienden lo que es comprender.
Ama el silencio
exterior, cuanto más el interior. Remansándose en sí mismo, en
meditación fecunda, renueva sus energías, su visión clara, su ánimo
estable. En meditación, cultiva metódicamente la atención y bruñe la
consciencia.
En la vida cotidiana prosigue alerta, porque sólo los
atentos están vivos y evitan herir en pensamiento, palabra o acción.
Porque esta atención le hacer ser preciso, autoconsciente y vigilante, y
no se identifica con negatividades propias o ajenas.
En la meditación y
en el silencio interior el guerrero escucha la voz de su ser, que le
infunde nuevos ánimos.
No cree en la violencia, sabe que la única
ley eterna es la del amor. No cree en la coacción ni en medios
coercitivos, sabe que la disciplina consciente es imprescindible, así
como el confrontar la vida con sentido del esfuerzo y del dolor. No se
ofende por banalidades, no se inmuta por trivialidades.
No cree que
pueda florecer nada hermoso del miedo, tampoco cree en el desorden, pero
su orden no es rígido ni neurótico. Sabe que la limpieza del mundo debe
empezar con la de la propia mente.
Aprecia su cuerpo, lo atiende,
lo dispone, lo prepara, pero sin apego, sin obsesiones.
También cuida su
mente y la cultiva con esmero.
Impone una dosis de dignidad a su
carácter y examina su conducta. Através de la meditación recobra su
armonía básica, siendo su postura símbolo de su talante.
Desde la tierra
en la que se apoya quiere proyectarse a la totalidad.
El guerrero espiritual, en fin, trata de mantener la mente limpia.
Ramiro Calle en "El cielo en la tierra" (2007), Lid Editorial